LUZ TABÓRICA

Luz Tabórica
"No hay más que una sola y misma luz divina: la del Tabor, la contemplada por las almas purificadas desde ahora, la de la parusía y los bienes futuros."

San Gregorio Palamas


viernes, 18 de abril de 2014

Descensus ad Inferos

"Entre sus carismas, el Oriente joaneo, tan sensible a la resurrección, lo es también al tema del infierno, conclusión clara que se extrae de la tradición litúrgica e iconográfica. Este tema ya ha sido tratado por san Pablo de forma sintética y sobrecogedora en Efesios 4, 9-10: «¿Qué significa eso de 'ha subido' sino que primero bajó a esas partes bajas de la tierra? Y el mismo que bajó es el que ha subido sobre todos los cielos para llenarlo todo». Vemos la sorprendente amplitud del initerario: kata, ana, abajo, arriba, los dos extremos del camino del Cordero alado; el descenso al punto más bajo, el infierno, y la ascensión al punto más alto, el cielo. El Oriente se detiene maravillado contemplando «la altura y la profundidad» del misterio de la salvación, viendo en él las dimensiones de la caridad de Cristo y su mensaje triunfal: «Subiendo a las alturas, llevó cautiva la cautividad» (Ef 4, 8).

Dejemos la palabra a Epifanio en su magnífica homilía para el Sábado Santo: «¿Qué es esto? Un gran silencio reina hoy sobre la tierra, un gran silencio y una gran soledad. Un gran silencio porque el Rey duerme. La tierra ha temblado y ya se ha calmado, porque Dios se ha dormido en la carne y ha ido a despertar a los que  dormían desde hace siglos. Dios ha muerto en la carne y los infiernos se han estremecido. Dios se ha dormido por poco tiempo y ha despertado del sueño a aquellos que habitaban los infiernos...»

Él va a buscar a Adán, nuestro primer padre, la oveja perdida. Quiere ir a visitar a todos los que moran en las tinieblas y en las sombras de la muerte... Descendamos, pues con Él para ver la alianza entre Dios y los hombres...; allí se encuentra Adán, Noé, Abraham, Moisés, Daniel, Jeremías y Jonás... Y entre los profetas, hay uno que exclama: «Desde el vientre del infierno, ¡oye mis súplicas, escucha mis gritos!» , y otro: «Desde las profundidades te grito, Señor, Señor, oye mi voz», y otro más «¡Haz brillar tu rostro, y estaremos salvados»...

Adán, cautivo más profundamente que todos los otros..., habló así: «¡Oigo los pasos de alguien que viene hacia nosotros!» Y mientras hablaba, el Señor entró, sosteniendo las armas victoriosas de  la cruz. Lleno de estupor, Adán gritó a los otros: «¡Mi Señor esté con todos vosotros!» Y Cristo respondió a Adán: «Y con tu espíritu...» «Levántate de entre los muertos. Yo soy tu Dios, y por ti, me he hecho tu hijo... Levántate, y vayámosnos de aquí, pues tú estás en mí y yo estoy en ti, nosotros dos formamos una persona única e indivisble... Levantaos, salgamos de aquí y vayamos del dolor a la alegría... Mi Padre celeste espera la oveja perdida..., la sala de las bodas está preparada, las tiendas eternas se han levantado..., ese Reino de los cielos que existía antes de todos los siglos os espera...» 

En el silencio del Viernes no se celebra la eucaristía, pues Cristo está en los infiernos. Para la tierra, es el día del dolor, el oficio del entierro y los llantos de la Theotókos, pero en los infiernos el Viernes Santo ya es Pascua, su poder disipa las tinieblas en el corazón del Reino de la muerte."

Paul Evdokimov, "El arte del icono. Teología de la Belleza."






sábado, 5 de abril de 2014

El Centro

"Como en el centro se observa absolutamente indivisa la posición de las líneas rectas que emanan de Él, así el que ha sido hecho digno de ser en Dios entenderá preexistentes en Él todas las razones de las criaturas, con un conocimiento simple e indiviso."

San Máximo el Confesor



martes, 21 de enero de 2014

El Increado se inclina ante las criaturas

Oración de San Sofronio, Patriarca de Jerusalén, pronunciada en la Gran Bendición de las Aguas durante la Víspera de la Fiesta de la Epifanía:


"Oh Trinidad que estás sobre todos los seres por tu excelencia y tu divinidad suprema, Omnipotente que todo lo ves, Invisible que nadie puede retener, Creador de seres espirituales y dotados de razón, Pura esencia de bien, Luz inaccesible que, al venir al mundo, iluminas a todo hombre; ilumina también a este servidor indigno. Ilumina los ojos de mi inteligencia, para que pueda celebrar tus beneficencias y tu poder infinitos. Admite mi oración por el pueblo aquí presente; que mis faltas no impidan la venida de tu Santo Espiritu; concédeme, más bien, el poder, sin ser condenado, exclamarte y decirte también ahora, Bondad suprema: Te glorificamos, Señor que amas al hombre, todopoderoso, Rey desde antes de los siglos. Te glorificamos, Autor de toda creatura. Te glorificamos, Hijo unigénito de Dios que sin padre una Madre te concibió y que sin madre del Padre fuiste engendrado. En las pasadas fiestas, te hemos visto como niño; en la presente contemplamos tu perfección, como el Perfecto, nacido del Perfecto, al manifestarse nuestro Dios. Porque este día es para nosotros de fiesta: los coros de los santos se congregan con nosotros, los ángeles se unen a la festividad humana. Hoy la gracia del Espíritu Santo, en forma de paloma desciende sobre las aguas. Hoy el sol sin ocaso ha salido, y el mundo es iluminado por la luz del Señor. Hoy la luna clarea también al mundo con su resplandor. Hoy los astros luminosos embellecen el universo al relumbrar con sus luces. Hoy las nubes destilan desde el cielo un rocío de justicia por la humanidad. Hoy el Increado ve cómo su propia creatura le impone las manos. Hoy el profeta y Precursor viene hasta el Soberano, mas se acerca temblando, al ver a Dios abajado hasta nosotros. Hoy las corrientes del Jordán adquieren la virtud de sanar por la presencia del Señor. Hoy una mística corriente da de beber a toda la creación. Hoy las faltas de los humanos son lavadas por las aguas del Jordán. Hoy el paraíso se abre a los hombres, y el sol de justicia expande sobre nosotros su claridad. Hoy el agua amarga, como en tiempos de Moisés, es cambiada para el pueblo por la presencia del Señor. Hoy ponemos fin a la antigua lamentación y somos salvados, como nuevo Israel. Hoy somos librados de las tineblas para resplandecer con claridad por el conocimiento de Dios. Hoy la tristeza del mundo es disipada por la epifanía de nuestro Dios. Hoy la creación entera es iluminada como lámpara encendida desde el cielo. Hoy el error fue abolido, y la llegada del Maestro nos señala el camino de la salvación. Hoy es fiesta tanto en lo Alto como aquí abajo, los seres de este bajo mundo se encuentran con los de las alturas. Hoy los verdaderos creyentes elevan sus voces gozosas por la santa festividad. Hoy el Maestro se apresura hacia el bautismo para elevar a la humanidad. Hoy el Inmutable se inclina ante un siervo para librarnos de la servidumbre. Hoy hemos adquirido el Reino de los Cielos, el Reino del Señor que no tendrá fin. Hoy la tierra y el mar participan del gozo del mundo, un mundo lleno de alegría. Las aguas vivas te vieron, oh Dios, las aguas te vieron y te temieron. El Jordán retrocede, al ver descender el fuego de la divinidad en un cuerpo, y venirse hasta él. El Jordán retrocede, al ver al Espíritu Santo descender en forma de paloma y volar en torno a ti. El Jordán retrocede, y las montañas brincan al ver a Dios en la carne. Los nubarrones hicieron oír su voz, se maravillaron porque has venido. Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero. En este día de fiesta vemos en el Jordán al Señor destrozar las cadenas del infierno, el aguijón del error, la muerte que la desobediencia nos valió, y dar al mundo el Bautismo de la salvación. Es por eso que, yo también, aunque pecador e indigno siervo, después de haber recordado tus maravillas y tus hazañas, conmovido de temor y lleno de compunción, exclamo:

Grande eres, Señor, tus obras son admirables, y ninguna palabra basta para cantar tus maravillas. [Tres veces]

Eres tú el que llevaste todas las cosas del no ser a la existencia; por tu Poder sostienes al universo, por tu Providencia diriges al mundo. De cuatro elementos hiciste la creación, de cuatro estaciones coronas el año. Tiemblan ante ti, las Celestes Potencias Espirituales; a ti te canta el sol, a ti la luna glorifica; contigo se entretienen los astros, a ti la luz obedece; ante ti se mecen los océanos y las fuentes son tus siervas. Despliegas el cielo como una tienda, afirmas la tierra sobre las aguas; al mar rodeas de arena, y al aire lo esparces para que se lo respire. Las potencias angélicas te sirven en el cielo, los coros de los arcángeles se postran ante ti; los querubines de muchos ojos y los serafines de seis alas que te rodean y vuelan en torno a tu majestad, se cubren el rostro de temor ante tu gloria inaccesible. Tú, Dios que ningún espacio te limita, tú, el Dios inefable y sin comienzo, viniste a la tierra tomando forma de esclavo y semblanza de hombre; porque no pudiste soportar, Señor, en la ternura de tu corazón, el ver al género humano bajo la tiranía del demonio, sino que viniste y nos salvaste. Confesamos tu gracia, proclamamos tu amor, sin ocultar tus beneficios. Liberaste nuestra natura desde que germinaste, por la natividad, el seno viriginal santifiste; toda la creación te canta desde que apareciste. Porque tú eres nuestro Dios, te mostraste en la Tierra y hablaste con los hombres. Eres también tú, que santificas las aguas del Jordán, enviando del Cielo al Espíritu Santo; y aplastando la cabeza de los dragones que en las aguas se ocultaban.

Tú, pues, que amas a los hombres y eres Rey nuestro, ven ahora también por la efusión de tu Santo Espíritu y santifica esta agua. [Tres veces]"

Y dale la misma bendición y virtud redentora que la del Jordán. Hazla una fuente de inmortalidad, un tesoro de santificación, para el perdón de los pecados, la curación de las enfermedades y la derrota del diablo. ¡Que ella sea inaccesible a las potencias enemigas y rebose de angélico poder!, para que todos los que la utilicen y beban encuentren en ella la purificación de su alma y cuerpo, remedio a sus pasiones, santificación de su casa y toda clase de provecho. Porque tú eres nuestro Dios, el que por el agua y el Espíritu renueva nuestra naturaleza envejecida por el pecado. Tú eres nuestro Dios, que por el mar hiciste pasar de la esclavitud del Faraón a la libertad, bajo la guía de Moisés, a la Nación de los Hebreos; Tú eres nuestro Dios, que hendiste la roca en el desierto, al punto que las aguas corrieron en torrentes para dar de beber a tu pueblo sediento. Este es nuestro Dios, que por el agua y el fuego hizo que Elías hiciera retornar a Israel del error de Baal.

Tú mismo, Señor, también a la presente, santifica este agua por el Espíritu Santo. [Tres veces]"

Y concédele a todos los que la utilicen, ya por aspersión o por beberla, la santifiación, bendición, purifación y salud.

Salva, Señor, a tus servidores, los cristianos fieles y ortodoxos. [Tres veces]"











lunes, 30 de diciembre de 2013

Sophia Perennis

"En efecto, se puede demostrar que todos juntos, griegos y bárbaros, en cuanto que aspiran a la verdad, han participado del Logos verdadero, unos en no pequeña medida, otros en cambio parcialmente, según el caso. La eternidad contiene en sí misma y en un instante el pasado, el presente y el futuro; sin embargo, la verdad es más capaz de reunir sus propias semillas que la eternidad, aunque estén sembradas en tierra extranjera. En efecto, encontraríamos numerosísimas opiniones en las escuelas (aquellas que no están enteramente embotadas ni tienen amputado el orden natural, como el harén de mujeres que suprime la razón del varón), aunque parezca que son diferentes por otras cosas, sin embargo confiesan pertenecer a la misma familia y tener toda la verdad. Forman un único todo como miembro, como parte, como especie, como género. De igual manera, la cuerda más alta [de la lira] se opone a la más baja, pero de ambas resulta una única armonía musical; y como el número par es diferente del impar, y sin embargo ambos son necesarios en la aritmética; lo mismo que han sido concebidos en la geometría el círculo, el triángulo, el cuadrado y el resto de las diferentes figuras. También en el universo las partes todas, aunque difieran unas de otras, conservan entre sí una relación respecto al todo. Así también, tanto la filosofía bárbara como la griega constituyen un fragmento de la verdad eterna, no la del mito de Dioniso, sino la de la teología del eterno Logos. Mas quien reúne de nuevo lo que se ha diseminado y reconstruye la unidad podrá contemplar con seguridad al Logos, a la Verdad.

Está escrito en el Eclesiastés: He crecido en sabiduría más que todos los que han nacido antes que yo en Jerusalén; mi corazón conoce muchas cosas: sabiduría y gnosis, porque conoce las parábolas y la ciencia. Pues también eso es voluntad del Espíritu, puesto que en la abundancia de la sabiduría está la abundancia de la gnosis. [1] Quien es versado en toda clase de sabiduría, ése será gnóstico con pleno derecho. También está escrito: La ventaja de la gnosis de la sabiduría da vida al que la posee. [2] Y nuevamente, para consolidar aún más lo dicho, está la cita siguiente: Todo es accesible a los [hombres] inteligentes (y todo se refiere a lo griego y a lo bárbaro, pues lo uno sin lo otro no es todo), y es también recto para los que desean llevar consigo la inteligencia. Pereferid la educación y no la plata, y preferid la gnosis al oro acrisolado; preferid también la inteligencia al oro puro; porque la sabiduría vale más que las piedras preciosas, y no puede compararse a ella cuanto hay de codiciable. [3]"

San Clemente de Alejandría, "Stromata" I, 57.2-58.4





"He dicho también: «En el tiempo presente la religión cristiana es aquella cuyo conocimiento y práctica trae con toda seguridad y certeza la salvación»; esto lo dije según el nombre, no según la realidad misma que ese nombre significa. Porque la misma realidad, que se llama ahora religión cristiana, existía ya en los antiguos ni ha faltado nunca desde el origen del género humano hasta que vino el mismo Cristo en la carne, por quien la verdadera religión, que ya existía, comenzó a llamarse cristiana."

San Agustín de Hipona, "Retractaciones" I, 13.3





"Pero sabes, Señor, que no puede haber una gran multitud sin mucha diversidad y que casi todos los hombres se ven obligados a llevar una vida llena de tribulaciones y miserias y a estar sometidos a los reyes que gobiernan. Son pocos los que gozan del ocio necesario para que, en uso de su libertad, puedan profundizar en el conocimiento propio. Se dejan absorber por las muchas preocupaciones corporales y otras obligaciones, de modo que no pueden buscarte a Ti, Dios escondido. Por esta razón, pusiste al frente de tu pueblo a diferentes reyes y videntes, llamados profetas, la mayoría de los cuales en virtud de tu mandato han establecido en tu nombre el culto y las leyes e instruido al pueblo ignorante. Aceptaron estas leyes como si Tú mismo, Rey de reyes, hubieras hablado con ellos cara a cara, creyendo así que no era a ellos sino a Ti a quien escuchaban. Enviaste a diversas naciones diferentes profetas y maestros, según diferentes épocas. Ahora bien, es propio de la condición terrena del hombre defender como verdaderas las costumbres practicadas desde antiguo, que han pasado a ser consideradas como parte de la naturaleza. Esta es la razón de que sobrevengan no pocas disensiones cuando cada comunidad prefiere su propia fe a la ajena.

Acude en nuestra ayuda, pues sólo Tú tienes poder. Por Ti, el único a quien se venera en todo aquello que todos parecen adorar, es por quien se mantiene esta rivalidad. En todo lo que cada uno parece apetecer no apetece otra cosa sino el bien, que eres Tú, y ninguna otra cosa busca en su esfuerzo intelectual sino lo verdadero, que eres Tú. ¿Qué busca el viviente, sino vivir y el existente, sino ser? Por tanto, Tú que das la vida y el ser, eres el que pareces ser buscado de modo diferente por las diversas religiones y nombrado con diferentes nombres, pues permaneces para todos desconocido e inefable en tu verdadero ser. Tú, poder infinito, no eres sin embargo nada de lo que creaste, ni puede la criatura comprender tu infinitud, pues no hay porporción alguna de lo finito a lo infinito. Tú, omnipotente Dios, invisible a toda inteligencia, puedes hacerte visible a quien quieres, de modo que puedas ser comprendido. No permanezcas oculto más tiempo, Señor; sé propicio y muestra tu rostro, para que se salven todos los pueblos y no puedan ya olvidar la fuente de la vida y su dulzura apenas pregunstada. Porque sólo te abandona quien te ignora.

Si te dignas actuar así, cesarán las guerras, el odio y todo mal y todos conocerán que no hay más que una sola religión en la diversidad de ritos."

Nicolás de Cusa, "La paz de la fe" I, 4-6








[1] Qo. 1, 16-18.
[2] Qo. 7, 12.
[3] Pr. 8, 9-11.

lunes, 23 de diciembre de 2013

El eterno nacimiento del Niño divino

"Cuando Dios yacía oculto en el seno de una virgen, entonces el punto contuvo al círculo."

"Dices que lo grande no puede estar en lo pequeño, que al cielo no se lo incluye en el punto de la tierra. Ven, ve al Niño de la Virgen: verás en la cuna descansar el cielo, y la tierra, y cien mundos."

Angelus Silesius

"El gran misterio de la encarnación, siempre queda como tal; no sólo en el sentido que se manifiesta en la medida de la capacidad de los que son por Él salvados, y por tanto, respecto de esto es más lo que todavía no se ha visto de lo que ha sido manifestado; pero también porque lo que ha sido revelado queda todavía del todo escondido y de ningún modo se conoce como es. Que no parezca extraño lo que digo. En efecto, siendo Dios más allá de la esencia y trascendiendo también cualquier sobresubstanciación, cuando quiso venir en una esencia, entró en ella de modo de trascender la esencia. Por tanto, si bien trascendiendo al hombre, en su amor por el hombre se ha hecho verdaderamente hombre tomando la sustancia humana, pero el modo en que se hizo hombre queda absolutamente sin revelar porque, precisamente, se ha vuelto hombre trascendiendo al hombre."

San Máximo el Confesor


 
 
En la misteriosa oscuridad de la gruta, en el centro la montaña cósmica, en el punto invisible desde donde se eleva el Eje del mundo, en el silencio de la noche que concentra todas las palabras, cobijado por los brazos de la Madre Santa, revestido por un resplandor supraluminoso que extasía a los Serafines en un canto de amor, en el tiempo eterno, en el instante primero, como en el principio, ahora y siempre, el Niño divino reposa sereno, con la inaprehensible dignidad del Rey. Las jerarquías angélicas se deslumbran, se estremecen y se inclinan reverentes ante el espectáculo sublime, ante el misterio inconcebible: el mundo es contemplado nuevamente por los ojos del Hombre Universal.





¡Felicidades!




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martes, 17 de diciembre de 2013

Hierro y fuego: el misterio de la persona

"Creen en Cristo los que creen en su propia divinización."

Archimandrita Sophrony

"Cuando soy hijo de Dios, quien entonces puede verlo contempla al hombre en Dios y a Dios en el hombre."

Angelus Silesius

"La persona no es el ser o una parte del ser: es espíritu, libertad, acto. Así es también Dios: espíritu, libertad, acto, y no ser."

Nikolai Berdiaev


San Máximo el Confesor ha insistido reiteradamente en sus obras en la distinción que debe darse entre las dos voluntades en Cristo, de acuerdo a su doble naturaleza y en consonancia con la duplicidad de sus operaciones.  Pues, siguiendo la tradición de los Padres que lo precedieron, afirma que su naturaleza humana no es absorbida completamente por la naturaleza divina, tal como podría entenderse desde una perspectiva monofisita, ni existe una separación radical entre Jesús y el Logos, esto es, entre el hombre y Dios, como si se tratara de dos "personas" diferentes, cada una identificada con su propia sustancia, que se unen gradual y progresivamente en un acuerdo o yuxtaposición de voluntades como resultado de la libre elección del hombre y de la inhabitación divina.

Ahora bien, lo que debemos resaltar aquí es que la posición de San Máximo es un abierto rechazo a todo tipo de sustancialismo, puesto que la persona no debe confundirse con la sustancia, del mismo modo en que las tres hipóstasis divinas no han de confundirse con la esencia única de la divinidad. Esto significa que lo que garantiza la unicidad en Cristo como un ser particular y al mismo tiempo universal, no es la negación de su operación y de su voluntad humana ni una yuxtaposición progresiva de voluntades, sino su persona, que no puede ser condicionada por la doble naturaleza.

"Es, por tanto, evidente que no puede destruirse la substancia, eliminando la voluntad natural y las operaciones propias de la misma, so pretexto de salvaguardar la unidad. Ésta no queda comprometida en modo alguno, sino que constituye la referencia única de cuanto tiene que ver con la persona." [1]

Detengámonos por un momento en este punto, pues la noción de persona ha sido muchas veces incomprendida y distorsionada en el pensamiento occidental, incluso en ciertas corrientes filosóficas denominadas "personalistas". Como señala Teodoreto de Ciro, mientras que en la filosofía griega clásica no hay gran diferencia entre las nociones de ousía e hipóstasis -más tarde identificada con "persona" (prosopon)-, pues el primer término designa "lo que es", en tanto que el segundo se refiere a "lo que subsiste"; para los Padres, en cambio, al profesar la fe en el Dios uno y trino, entre ousía e hipóstasis reconocieron la misma diferencia que hay entre lo común (o general) y lo particular, respectivamente. [2] En el primer caso, partimos de una ontología sustancialista que confunde el ser con la sustancia; y si bajo estas premisas afirmamos que el ámbito de la manifestación es verdaderamente real, y no una simple ilusión o una pura apariencia, esto sólo puede ser consecuencia de su participación en el verdadero Ser, que en este caso es Dios, por lo que ha de reconocerse entre ambos un vínculo ontológico que convierte al acto creador en una acción obligada y sujeta a la necesidad por las condiciones preexistentes derivadas de la misma sustancia, con lo que el mundo adquiere una identidad divina en unión con su principio. Por el contrario, de acuerdo a la perspectiva patrística que toma como base la doctrina bíblica de la Creatio ex nihilo, el Arché, el Principio Supremo, se identifica no con la naturaleza divina, sino con la Persona -concretamente con la persona del Padre, el origen causal de las otras dos-, que es absolutamente incondicionada en una alteridad radical respecto al ser de la creación que emerge de la nada, pues el ser ya no procede del Ser, sino de un acto libre de la voluntad divina que es causa de alteridad y posibilidad de ser. En palabras del teólogo ortodoxo Ioannis D. Zizioulas:

"El ser divino no carece de causa, es decir, no se explica en sí mismo ni es, por tanto, un ser necesario. Su origen descansa sobre una persona libre; se atribuye a una persona concreta que es Unidad en la pluralidad y, al mismo tiempo, Única que, en su capacidad radical como persona distinta, al tiempo que inconcebible sin el resto de personas totalmente otras, es causa de alteridad y posee contenido ontológico. De no ser por la idea del Padre como causa, el ser divino se consideraría lógicamente necesario y autoexplicable, y en el cual ni la alteridad ni la libertad jugarían papel alguno." [3]

De aquí se sigue que lo que garantiza la comunión entre el ser de Dios y el ser de la creación, es decir, lo que sostiene al mundo en su realidad a pesar de la distinción "abismal" con la Causa, no será ya una "afinidad ontológica" entre el Creador y su creatura, que ahora es por naturaleza contingente, sino la presencia omniabarcante de la persona del Logos que reúne en Sí mismo, hipostáticamente -en el mismo modo en el que se une con la naturaleza humana-, la multiplicidad con la Unidad y lo perecedero con lo Eterno, permaneciendo a su vez totalmente libre e independiente de la naturaleza creada.

De esto podrá deducirse entonces que la noción de persona, considerada en su aspecto más elevado, no es algo que pueda ser definido afirmativamente, pues está por encima de todo lo que es, sino que sólo podremos hablar con propiedad de ella si lo hacemos en forma apofática. Es así como debe entenderse, en términos negativos, la relación intratrinitaria y la identidad de cada persona, pues, como tradicionalmente se enuncia: el Padre no es el Hijo ni el Espíritu Santo, el Hijo no es el Padre ni es el Espíritu Santo, el Espíritu Santo no es el Padre ni es el Hijo.

Asimismo, todo lo que puede ser enunciado afirmativamente de Cristo, tanto en lo que concierne a sus atributos humanos como a sus atributos divinos, corresponderá no a la persona, sino a las dos naturalezas. En uno de sus opúsculos, el santo Confesor nos dirá:

"Cristo no es mortal ni inmortal según la persona, o no impotente u omnipotente, visible o invisible, creado o increado. Sino que es una cosa u otra según la naturaleza. Y, por decirlo simplemente, no por oposición de la voluntad, sino como propiedad de la naturaleza. Único, como antes he dicho, es Cristo, pero tiene por naturaleza las características de ambas sustancias." [4]

Pues bien, volviendo al planteo inicial, para explicar cómo las dos voluntades de Cristo pueden conjugarse enteramente en una operación "divino-humana", según la expresión del Areopagita, San Máximo tomará como referencia las obras de San Gregorio Nacianceno, quien afirma que la voluntad humana no se opone en modo alguno a la voluntad divina, pues está "divinizada por entero".

"Así, pues, según este divino maestro, poseía una voluntad humana. Pero tal voluntad humana no se oponía a la de Dios en modo alguno. No era en Él una simple capacidad de elección, sino la voluntad propia de la naturaleza, configurada y movida siempre por Dios, por su divinidad según la esencia, con miras al cumplimiento de su proyecto salvador. Una voluntad enteramente divinizada por la sumisión y la aceptación del querer del Padre. Voluntad divinizada, con razón llamada así, pero no por la naturaleza, sino por la unión. De suerte que el hecho de ser una voluntad completamente divinizada no le hacía perder sus propiedades naturales. Al decir "divinizada por entero", demostrando la unión de su voluntad humana con la divina y paterna, el maestro eliminó completamente en el ministerio de Cristo cualquier contradicción y también a quienes quieren admitirla. Por otra parte, al decir "su voluntad", enseñaba la actividad propia de su voluntad humana, distinta esencial y naturalmente de su voluntad divina y de la del Padre, y así desechó cualquier confusión y toda falsa representación de este misterio." [5]

Aquí resuena una clave de la enseñanza de San Máximo: la diferencia y la alteridad no implican separación.

Si aún cabe preguntarse cuál es el motivo por el que tantos sabios cristianos de los primeros siglos se vieron envueltos en sutiles y fervorosas disquisiciones cristológicas que llegaron a defender hasta con sus propias vidas, la respuesta se nos aparecerá con una claridad sobrecogedora: lo que estaba en juego en estas disputas era nada menos que la salvación y la realización espiritual de los hombres, pues toda cristología es también en el fondo, en su dimensión más profunda, una antropología espiritual y una soteriología.

En efecto, se dirá que lo que aquí se afirma de Cristo, en su condición de Verbo encarnado, corresponde a un modo de ser que no tiene correlación directa con el estado de un hombre ordinario. Esto es en parte cierto, pues sólo Él es Dios por naturaleza, pero no olvidemos que, como hombre divinizado, era semejante en todo en todo a nosotros, excepto en el pecado.

Cristo, como hombre, sólo puede alcanzar una identidad personal en términos ontológicos porque ambas naturalezas "son", es decir, adquieren su ser, al estar particularizadas en una  persona. Como enseña San Máximo, esta persona no puede confundirse con un individuo, "en el sentido de que no es el término último de un proceso que desde la definición más general llega hasta lo más particular, que atribuye al individuo las cualidades de la especie". [6] Por el contrario, en Cristo, lo general se subordina a lo particular, que adquiere primacía ontológica y metafísica. Luego, la identidad, es decir, el "Quién" de Cristo, no es otro que el Hijo, el Logos, la segunda Persona de la Santísima Trinidad; en Él las naturalezas humana y divina donan sus cualidades a la identidad sin que ésta dependa, en un sentido ontológico primario, de dichas cualidades. El hombre, en tanto que individuo, es decir, mientras se encuentre completamente identificado con su ego, con su "yo" exterior como el límite último de su determinación en este mundo, a diferencia de Cristo, no puede adquirir una particularidad ontológica ni una identidad personal al ser completamente dependiente de su naturaleza y de las cualidades de la especie. Deberá por lo tanto morir como individuo para liberarse de sus condicionamientos naturales y renacer en una filiación divina, fundando su ser en la relación Padre-Hijo, al entrar en la comunión intradivina del Logos. En este sentido, Ioanis D. Zizioulas señala:

"Para que el hombre acceda a esta ontología de la persona necesita adoptar una actitud de libertad frente a su propia naturaleza. Si el nacimiento biológico nos proporciona una hipóstasis que depende ontológicamente de la naturaleza, nos encontramos ante la necesidad de un "nuevo nacimiento" para hacer experiencia de una ontología personal. Dicho "nuevo nacimiento", que representa la esencia del bautismo, no es otra cosa que la adquisición de una identidad no dependiente de las cualidades de la naturaleza, sino liberada de ella para poder acceder a una existencia hipostática idéntica a la que se da en la relación Padre- Hijo. Si el bautismo otorga "filiación", su significado ontológico consiste en que la identidad del hombre queda ahora enraizada no en las relaciones que proporciona la naturaleza, sino en la relación increada del Padre con el Hijo." [7]

No hace falta aclarar que, de manera general, el bautismo es recibido por el común de los hombres en forma virtual; el objetivo de la vía espiritual será entonces la actualización efectiva de esta gracia bautismal que otorga la filiación divina tras la muerte y el renacimiento del neófito, primero psíquico y después espiritual. De este modo y llevado hasta las últimas consecuencias, tal como lo expresa Thomas Merton, "el hombre interior muere y renace para unirse a Dios hasta el punto de que los dos son uno y no existe separación alguna entre ambos, salvo la de la distinción metafísica de las naturalezas." [8]

Pero, si recordamos lo explicado al comienzo sobre la personeidad divina, ¿en qué términos el hombre puede llegar a ser también una persona? La identidad personal en el hombre, que es el lugar donde se realiza la unión de su naturaleza creada con el fuego deificante de la las energías increadas, es nada menos que la imagen de Dios que reposa en el fondo de su alma, y como tal, sólo es posible hablar propiamente de ella, como de Dios, apofáticamente, pues todo lo que puede ser definido y clasificado con categorías abstractas y en comparación con otros miembros de la especie corresponde al individuo. No existe, en sentido estricto, una "persona humana", pues, como ya dijimos, no se identifica sustancialmente con la naturaleza, sino más bien una persona "divino-humana" que se actualiza, desvelándose en su misterio abismal, al participar en la personeidad divina y compartir el mismo "modo de ser" de la Santísima Trinidad, abriéndose al infinito y reafirmando, simultáneamente, la preeminencia metafísica de lo particular sobre lo general. El teósofo ruso Nicolás Berdiaev, lo explica así:

"Sólo la persona es capaz de tener un contenido universal, de ser un universo en potencia bajo una forma individual. Ese contenido universal es inaccesible a todas las demás realidades del mundo histórico y natural, cuya característica consiste en no ser sino partes. Ahora bien: la persona no es una parte y no puede ser una parte de un Todo cualquiera, aun cuando ese Todo fuese el inmenso mundo entero. Eso es lo que constituye el principio esencial de la persona, su misterio. En la medida en que el hombre empírico forma parte de un Todo social o natural, se halla englobado en él, sin que su persona se encuentre también subordinada a ese Todo. (...) La persona (...) tiene ante sí el infinito, y a medida que se revela a sí misma trata de darse un contenido infinito. Pero, al mismo tiempo, la persona es inconcebible sin forma ni límite; no se confunde con el mundo que la rodea, no se disuelve en él. La persona es un universo bajo una forma individual, que no se repite jamás. Reúne en sí por una parte, lo universal y lo infinito; lo particular y lo individual, por otra. En eso consiste la aparente contradicción en la existencia de la persona. Lo que constituye la persona es lo que no le es común con los demás, y eso es lo que contiene lo universal en potencia." [9]

Podemos ver ahora que el modo en el que Cristo diviniza su humanidad y, por eso mismo, su voluntad y sus operaciones humanas, se corresponde, al menos hasta un cierto grado, con la "unión sin confusión" que el hombre alcanza y recibe por la gracia al ser transformado y liberado de sí mismo en la deificación: convertido en Dios por participación, identificado plenamente con Él, no anula su naturaleza ni sus operaciones, sino que, por la aniquilación de su propia aniquilación, renace como "hijo en el Hijo", en una comunión personal y directa con el Padre, sin mediación ni división entre sujeto y objeto, ya que el misterio de la persona "reside en su infinito subjetivismo". [10]

No nos extrañará entonces que San Máximo, para describir la acción "divino-humana" de Cristo utilice una figura simbólica que será empleada tradicionalmente para referirse, por analogía, a la divinización del ser humano:

"Mas, en cualquier caso, si careciera de voluntad natural, ¿cómo podría ser perfecto hombre el Verbo encarnado? Que la carne animada racional e intelectualmente haya sido plenamente divinizada por su unión con Dios no significa que se mengüe la realidad de la substancia, como tampoco la plena y total mezcla del fuego con el hierro elimina la realidad propia de éste. El hierro recibe la cualidad del fuego, pues gracias a la unión con él se convierte en fuego. Pero conserva como antes su peso y sus proporcionas y no padece daño ninguno en su naturaleza propia ni pierde la operación que naturalmente le corresponde, bien que conforma con el fuego una sola y única substancia y cumple sin división ninguna lo que por naturaleza le es propio, el cortar por ejemplo y lo que le pertenece por la unión, el quemar. En razón de su perfecta interpenetración y de su mutuo intercambio, cortar les pertenece tanto a él como al fuego. Sin embargo, nada impide significar sus naturalezas propias y numerarlas. No hay obstáculo en distinguir el hierro, aunque su naturaleza se perciba unida a la del fuego. Ni tampoco en distinguir su operación propia, aunque ésta se cumpla en unión con la de quemar y sin que presente ninguna división respecto a ella, sino que, por el contrario, aparezca unida a ella y sea con ella y en ella reconocida bajo un solo y mismo aspecto." [11]

Análogamente, el hombre que somete su voluntad humana a la voluntad divina, no como si aceptara convertirse pasivamente en una marioneta movida por hilos invisibles en una absoluta negación de su alma, sino asintiendo libremente a una voluntad que es más íntima que su propio "yo", la voluntad de Dios que mora en su interior como lo No-otro, es similar al hierro encendido que se vuelve uno con el fuego que lo envuelve y que brota de sí. En un precioso pasaje de San Bernardo de Claraval, nos encontramos con estas imágenes:

“¡Oh amor casto y santo! ¡Oh dulcísimo y suavísimo afecto! ¡Oh intención pura y desinteresada de la voluntad! ¡Tanto más pura y desinteresada aparece, cuanto menos mezclada va de todo interés propio; tanto más dulce y suave, cuanto que es  del todo divino lo que se siente! Amar así es estar endiosado. Así como la gotita de agua caída en el vino pierde su ser, adquiriendo el color y gusto del vino; y así como el hierro candente y llameante parece perder en la fragua su naturaleza y trocarse en vivo fuego, y, en fin, así como el aire, embestido por los rayos del sol, se trueca en luz y, más que iluminarse, parece despedir radiantes claridades, así también en las almas de los santos parecen por arte inefable fundirse todos los afectos humanos con la única voluntad de Dios. Mas si todavía quedase algo del hombre en el hombre, ¿cómo podría decirse que Dios lo es todo en todas sus cosas? La sustancia de nuestra humana naturaleza durará y no se disolverá; pero otra será su forma, otra su gloria, otro su poder y virtud.” [12]

Los ejemplos podrían multiplicarse, pues la misma figura simbólica ha sido utilizada, con exactamente la misma significación, tanto en oriente como en occidente.  Para cerrar el post, nos limitamos a compartir con el lector estos luminosos versos del divino San Simeón el Nuevo Teólogo:

 "Lo he visto nuevamente dentro
de mi casa;
allí estaba súbitamente todo entero
y unificado de forma inefable,
de manera indecible anudado
y trabado conmigo sin trabarse,
como el fuego al hierro
y la luz al cristal.
Me ha hecho como fuego,
como luz me ha presentado.
Convertido en uno, yo y Aquel
al que me he unido,
¿qué nombre me voy a dar?
Soy hombre por naturaleza,
pero por gracia soy Dios.
Pues purificado por el arrepentimiento
y las corrientes de lágrimas
que de un cuerpo divinizado
participan, como si de Dios se tratase,
también yo me convierto en Dios
en una unión inexplicable. " [13]








Notas:

[1] Máximo el Confesor, “Meditaciones sobre la agonía de Jesús”.
[2] Ver Vladimir Lossky, “Teología mística de la Iglesia de Oriente ”.
[3] Ioannis D. Zizioulas, “Comunión y alteridad”. Podríamos decir también, para una mayor precisión, que el Padre, en cuanto Causa del ser y de la personeidad divina, sin cuya relación de alteridad no podría ser referido como "Padre", es el Principio Suprapersonal que da origen a la Santísima Trinidad.
[4] Máximo el Confesor, Op. Cit.
[5] Máximo el Confesor, Op. Cit.
[6] Ibídem
[7] Ioannis D. Zizioulas, Op. Cit.
[8] Thomas Merton, “La experiencia interior”.
[9] Nicolás Berdiaev, “Esclavitud y libertad del hombre”
[10] Ibídem.
[11] Máximo el Confesor, Op. Cit.
[12] San Bernardo de Claraval, “Obras selectas”.
[13] San Simeón el Nuevo Teólogo, "Plegarias de luz y resurrección".

sábado, 10 de agosto de 2013

Theoría Physiké

"Sí, vanos por naturaleza son todos los hombres que han ignorado a Dios, los que, a partir de las cosas visibles, no fueron capaces de conocer a «Aquel que es», y al considerar sus obras, no reconocieron al Artífice. 
En cambio, tomaron por dioses rectores del universo al fuego, al viento, al aire sutil, a la bóveda estrellada, al agua impetuosa o a los astros luminosos del cielo. 
Ahora bien, si fascinados por la hermosura de estas cosas, ellos las consideraron como dioses, piensen cuánto más excelente es el Señor de todas ellas, ya que el mismo Autor de la belleza es el que las creó.
Y si quedaron impresionados por su poder y energía, comprendan, a partir de ellas, cuánto más poderoso es el que las formó.
Porque, a partir de la grandeza y hermosura de las cosas, se llega, por analogía, a contemplar a su Autor.
Sin embargo, estos hombres no merecen una grave reprensión, porque tal vez se extravían buscando a Dios y queriendo encontrarlo; como viven ocupándose de sus obras, las investigan y se dejan seducir por lo que ven: ¡tan bello es el espectáculo del mundo!
Pero ni aún así son excusables: si han sido capaces de adquirir tanta ciencia para escrutar el curso del mundo entero, ¿cómo no encontraron más rápidamente al Señor de todo?"

(Sabiduría 13, 1-9)


"Porque todo cuanto se puede conocer acerca de Dios está patente ante ellos: Dios mismo se lo dio a conocer, ya que sus atributos invisibles –su poder eterno y su divinidad– se hacen visibles a los ojos de la inteligencia, desde la creación del mundo, por medio de sus obras."

(Romanos 1, 19-20)


"El apóstol Pablo nos enseña a comprender las cosas invisibles de Dios a través de las visibles, y a contemplar, sobre la base de la razón y de la semejanza, las cosas que no se ven, partiendo de las que se ven. Con ello Pablo nos demuestra que este mundo visible nos instruye sobre el invisible, y que esta situación terrenal contiene ciertas reproducciones de las realidades celestes, de modo que desde las cosas de abajo podemos subir a las de arriba, y por las que vemos en la tierra podemos percibir y comprender las que hay en el cielo. A semejanza de estas realidades celestes, para que se pudieran percibir y colegir más fácilmente las diferencias de las creaturas terrenales, el Creador les confirió una semejanza. Y, como Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza, quizá también creó algunas otras creaturas a imagen de ciertas realidades celestes por razón de semejanza. Y quizá también cada una de las realidades terrenas tiene imagen y semejanza de las celestes hasta tal punto, que el mismo grano de mostaza, que es la más pequeña entre todas las semillas, tiene su tanto de imagen y semejanza en los cielos; y el hecho de que se le haya dispuesto un sistema natural tal que, aun siendo la más pequeña entre las semillas, se hace el mayor de los arbustos, tanto que las aves del cielo pueden venir y habitar en sus ramas, hace que tenga semejanza, no sólo de cualquier realidad celeste, sino del mismo reino de los cielos. Por eso es posible que también las demás semillas que hay en la tierra tengan en los cielos alguna semejanza y razón. Y si esto tienen las semillas, también lo tendrán las plantas; y si las plantas, también sin duda los animales: alados, reptiles y cuadrúpedos.

Pero todavía se puede entender otra cosa: como el grano de mostaza no ofrece una sola semejanza, es decir, la del reino de Dios y morada de los pájaros en sus ramas, sino que tiene también otra semejanza, a saber: es imagen de la perfección de la fe, tanto que, si uno tiene de fe así como un grano de mostaza, puede decir al monte que se traslade, y él se trasladará, de la misma manera es posible que también las demás cosas terrenas sean portadoras de imagen y semejanza de las realidades celestes, no ya en un solo aspecto, sino en varios. Y como, por ejemplo, en el grano de mostaza son muchas las realidades que representan imágenes de las realidades celestes, y la última de todas es el uso que de él hacen los hombres en servicio del cuerpo, así también en los demás: semillas, plantas, raíces de hierbas, e incluso los animales, podemos entender que ciertamente prestan a los hombres un uso y un servicio corporal, pero que tienen además formas e imágenes de realidades incorpóreas con las cuales el alma puede aprender e instruirse para contemplar también las realidades invisibles y celestes. Y posiblemente sea esto lo que dice aquel escritor de la divina sabiduría: Él mismo fue quien me dio el conocimiento verdadero de cuanto existe, para que conociera la sustancia del mundo y las propiedades de los elementos, el principio, el fin y el medio de los tiempos, el cambio de los solsticios y la sucesión de las estaciones, los ciclos del año y la posición de las estrellas, la naturaleza de los animales y los instintos de las fieras, las violencias de los espíritus y los pensamientos de los hombres, las variedades de las plantas y las virtudes de las raíces; conocí cuanto está oculto y lo que no se ve [1]. Así pues, mira a ver si de estas palabras de la Escritura podemos colegir con mayor lucidez y evidencia lo que nos habíamos propuesto examinar. Efectivamente, este escritor de la sabiduría divina, después de haber hecho la enumeración de todo, a lo último dice que había recibido el conocimiento de lo que está oculto y de lo manifiesto, dando sin duda a entender que cada una de las cosas que están manifiestas se relaciona con alguna de las que están ocultas, o sea, que todas las cosas visibles tienen alguna relación de semejanza y de razón con las invisibles. Por eso, como quiera que al hombre que vive en la carne no le es posible conocer nada de lo oculto e invisible, sino concibe alguna imagen y semejanza extraída de lo visible, yo pienso que ésta es la razón por la que el que todo lo hizo con sabiduría creó en la tierra cada una de las especies de las cosas visibles con tal disposición que en ellas depositó cierta doctrina y cierto conocimiento de las cosas invisibles y celestiales, para que, gracias a esa doctirna y a ese conocimiento, la mente humana vaya elevándose al conocimiento espiritual y busque entre las realidades celestes las causas de las cosas y así, instruida por obra de la sabiduría de Dios pueda también ella decir: Conocí cuanto está oculto y lo que no se ve [2]."

(Orígenes, "Comentario al Cantar de los Cantares")







[1] Sb 7, 17 ss.
[2] Sb 7, 21.